LA PASTORAL DEL CURA BROCHERO ENTRE LAS SIERRAS Y EL CIELO

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En un mulo malacara avanzaba por una sierra de monte bajo. Con el rebenque colgado de la muñeca, sombrero negro de ala ancha, poncho bayo, manos duras y mirada profunda.José Gabriel del Rosario Brochero era su nombre completo. Se estableció en la Villa del Tránsito, al oeste de la provincia de Córdoba. Su curato abarcaba quinientas leguas de serranías que atravesaba durante tres días junto a un puñado de feligreses para hacer ejercicios espirituales en la capital provincial. En esas noches de marcha iba madurando la idea de levantar una casa de ejercicios en las mismas sierras. Tras años de idas y venidas decidió emprender su construcción. Al poco tiempo, trabajaba sin descanso, con la sotana atada a la cintura, paleando en las picadas, aserrando árboles para hacer tirantes, cinchando palos de quebracho y alzando bolsas de cal. Y cuando no lo encontraban paleando entre los cimientos, levantaban la vista hacia las sierras y lo veían repuntando una majada de chivas.Sus cualidades eran las del criollo: trabajador, austero, ingenioso y baquiano. Como buen criollo, también tenía sus vicios: pícaro, que no es lo mismo que avivado, mal hablado y jugador de truco. Se expresaba sin rodeos, con franqueza llana. A la gente de la tierra le hablaba con figuras de la tierra, sin bolearse con palabras difíciles. Por esa huella desfilaban imágenes evangélicas acollaradas con chanchos, mulas y gallinas, y ese mismo rumbo lo hizo escapar de la burocracia del lenguaje eclesiástico tradicional.En una oportunidad, predicando en la ciudad de Córdoba ante un público distinguido dijo con su modo más típico: “Ustedes están habituados a los ricos dulces -se refería a los sermones de los otros sacerdotes-, pero yo les voy a dar ahora puchero a la criolla, que, aunque es un plato poco delicado, es más sustancioso”. Así era él: sustancioso y poco refinado. Las buenas señoras de la catedral se habrán perturbado y no faltaron los censores que le recriminaron su método “inculto” de evangelizar, pues no comprendían que esas expresiones abrían una senda entre los más pobres. Aunque resistidos, sus sermones se hicieron famosos en la región. Sus palabras eran como el yuyo en el mate de los serranos.La vida en las sierras Mientras forjaba los cimientos de la Casa de Ejercicios, apoyado en el pico, rumiaba un sueño: llevar al bravo Santos Guayama, un caudillo que había peleado junto al Chacho Peñaloza, a meditar a esa casa. Con esfuerzo logró establecer una relación fraternal y años más tarde fue a buscarlo a La Rioja pero no consiguió llevarlo. Pocos días después, Guayama fue ajusticiado en una celda.

No era un espíritu fácil de quebrar; como viejo resero que tropea contra el viento continuó arreando sus labores. Era un luchador silencioso, un león manso de la sierra. Soñaba con ver llegar el ferrocarril hasta Villa Dolores y se carteaba con su amigo Miguel Juárez Celman para pedirle dinero para las obras. Con frecuencia, mencionaba que no quería morirse sin tocar un riel, pero una vez más se quedó con las ganas.

En noviembre de 1889 presentó una curiosa carta de renuncia al curato, que no fue aceptada. En la carta dirigida al obispo de Córdoba, argumentaba ingenuamente su decisión por contar con 115 rodadas más otras cincuenta de antes de ordenarse. ¡Quién sabe qué tristeza lo apenaba!

Relata Brochero que un día, tras haberles dado la comunión a muchos de esos paisanos ariscos que andaban por la sierra, se le acercó una mujer y le dijo: “Padre, fulano hace una hora que ha comulgau , y ya está mamau como una cabra “. “¡Ahijuna!”, reaccionó el cura, que inmediatamente buscó al gaucho y le regañó: “Pero, hombre, ¿cómo es esto?”. “Ah, Padre -le respondió el serrano-… Hace veinte años que no comulgaba y de puro gusto me he mamau. “

Trenzando sus horas con las de los humildes pasaba sus días, allegándose hasta el catre de los enfermos, llevando un queso más allá de las sierras o mateando con los solitarios puesteros.

Hundió su mano en la tierra y sembró entre las piedras, donde nadie siembra. Con Dios y su mulo le bastaba. En el invierno de su vida ya lo había dado todo; le quedaba apenas lo que no podía dar y, como para que no dijeran que se guardaba algo, el destino se lo quitó. En sus últimos días estaba enfermo de lepra, “embichado” según sus propias palabras, casi ciego y sordo. El, que había sido baquiano entre los baquianos, pastor entre los pastores, caminaba agarrado del hombro de un lazarillo piadoso.

La mañana en que murió, la gente se acercó silenciosa al funeral y repartía en murmullos su vida de entrega. La prensa, que casi nunca lo había acompañado, se desató elogiosa; se gestionaron bronces en su honor; se dispusieron homenajes y los diputados repitieron su nombre en las barricadas.

Pero esa misma tarde, su figura callada ya andaría sobre el mulo repechando el horizonte que más quería: el de las sierras y el cielo.

 

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